EL COMPAÑERO IDEAL A LA MESA (II)
Lo ideal, a la hora de elegir un vino para toda una comida, sería el saber seleccionar un vino o dos a lo sumo. También se puede elegir un vino para cada fase de una comida, aunque nunca más de cuatro vinos diferentes. Uno en el aperitivo, otro en el entrante o primer plato, un tercero para los segundos y finalmente un cuarto para el postre. Los vinos acordes a estas etapas, deberían ir siempre de más suaves y ligeros a más fuertes y estructurados, que a fin de cuentas, es como se suelen servir los platos, de ligeros a enérgicos. Si esto lo hiciéramos en sentido contrario, la sensación que nos quedaría sería bastante decepcionante. Quizás, como ejemplo, podríamos proponer un generoso o un espumoso para el aperitivo, un blanco para los entrantes o bien seguir con el espumoso, un vino tinto en los segundos, y un generoso o el mismo tinto en los postres.
La creencia popular de que los vinos espumosos se han de servir al final de las comidas como un elemento de brindis y celebración, es algo que resulta, como poco erróneo. Son bebidas carbónicas, con un alto grado de acidez y que al tener que servirse frías y hacerlo justo cuando el aparato digestivo se encuentra en plena actividad, hace que resulten bastante indigestas. Sin embargo, los espumosos son ideales como vinos de aperitivo, es más, es el complemento ideal para una gran variedad de platos, tanto primeros como segundos. Pueden acompañar a una comida desde principio a fin. Resulta el compañero ideal de muchos platos en los que se nos puede plantear dudas a la hora de elegir el vino adecuado, funcionando perfectamente de comodín.




